Preñada de miradas curiosas que atisban a través de las persianas… siento que mis pasos se acompañan del morbo.
Me miran cuando detengo el andar frente al mismo número, 2409 de Santa Bárbara…
El control electrónico me franquea el paso, los ojos se retiran a sus tareas habituales, otra vez entré.
Adentro, fotos… hermosas fotos de mis doctorcitas retratadas como profesionales en las ciencias de la mente profunda.
Aquí me tienen… a la espera.
Una espera breve, que se rompe como el cuello de mi camisa que se raja ante el jalón repentino que casi me ahorca.
¡Aaaaaaghhh!
Allá voy, de nachas hasta el suelo… desde allá la miro, imponente, brazos en jarra.
-¡Doctorcita Maritza!… con esos modos, en cualquier chico rato la busca el NatiBross para que baje al arqui Abel, ¡es usted efectiva!
-Silencio Mensorraco, que lo estoy viendo detenidamente…
-No me mire tanto, que me da penilla.
-Es que no me explico de qué manera puede usted aspirar a que se mejore su autoestima… ¡si es bastante feo!
-Pero doctorcita, lo feo y lo bello son conceptos relativos… la realidad solamente está en el interior.
-Pero es que usted está como las finanzas de Parquímetros… nomás mira uno por encima y se asusta, ¡ya no dan ganas de ver más adentrito!
-¡Ay doctorcita!… es usted tan sabia.
Ella comienza a buscar algo en sus pertenencias, y a mí me da por la nostalgia, por eso, cuando me topo frente a esa imagen rubia, intensa… de ojos verdes como el mar de mis recuerdos, me parece que estoy frente a un espejismo.
Le sonrío… y solamente acepto que esta bellísima y simétrica aparición es real, cuando recibo en el plexos un gancho corto que me corta la respiración.
-¡Ay doctorcita Andrea!… ¡amor imposible de este maltrecho corazón!… eso que usted hace es lo que el PAN quiere hacerle al PRI cuando ataca al “Uñas” Mario Guerrero… ¡le quiere sacar el aire!
“No me hables en términos raros, hediondo… que nada más vengo de pasadita”.
-Un segundo a su lado vale bien por todo un mes de sufrimientos.
“¿Y te conformas con un segundo?”
Mi silencio evoca toda una vida, y cuando ella se va corriendo enfundada en esos jeans ajustaditos a ese cuerpo que adivina delicias insospechadas, inalcanzables… dejo que la secretaria tome el dinero de mi billetera, el que ella quiera.
Soy como un ciudadano embelesado con Santa Lucía…
¿A quién le importa lo que me bailan?