Sé que no debería utilizar este espacio editorial para escribir mis intimidades, pero lo que me pasó necesito contárselo a alguien.
No suelo sufrir remordimientos (por eso un día me acusaron de ser maquiavélica, aunque eso no se compara con el nuevo apodo que me pusieron: “Pinocheta”). Sin embargo, esta vez es diferente: firmé un compromiso y la sensación de incumplimiento me tortura porque yo siempre cumplo (a menos de que me incumplan a mí primero).
Aquel hombre me regañó públicamente… afuera de la casa, en plena banqueta y frente a los vecinos. Me explicó, mientras señalaba con su dedo acusador, las consecuencias de mis terribles actos. Luego, sacó una lista donde se enumeraban por escrito todos los pecados que yo había cometido contra la sociedad, el mundo y la humanidad entera. No recuerdo bien (porque me puse nerviosa) pero creo que hasta contra él y contra Dios.
Al final, leyó en voz alta cada una de mis faltas… “¡Oh, no!”, pensé, “¡Mi reputación se va a ir por el caño!”. Para callarlo (porque ya era mucho escándalo), me vi forzada a suscribir un escrito donde aceptaba mis errores y prometía no volver a hacerlo nunca más.
Era un trato… pero esa misma tarde volví a las andadas. Volví a sucumbir. En esos asuntos mi voluntad es débil y mis fuerzas nulas. Mi naturaleza me gana, el inconciente me traiciona. Lo hago casi sin darme cuenta.
No puedo hacerlo, no puedo cumplir… ¡va en contra de todo en lo que creo y me han enseñado! Sé que tal vez voy a pagar mi culpa muy cara, pero no puedo, ¡no, señor!, no puedo depositar el papel sanitario que uso en el bote de la basura. No me gusta coleccionarlo, así que lo tiro dentro del sanitario. Es un reflejo automático.
Seguramente el drenaje de la calle se va a volver a tapar y va a regresar el empleado de Agua y Drenaje a exigirme que cumpla mi compromiso. Me siento una delincuente.
sandraramones@red-crucero.com
25-10-2008
TU QUE ESCRIBES PARA TODOS. SIGUE HACIENDOLO, PARA QUE YO PUEDA PENSAR Y EN CONSECUENCIA ACTUAR Y DISFRUTAR DE TU FORMA DE REDACTAR.