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Intentos de lucidez desde Francia
Fidelidad y rebeldía: Albert Camus, la idea de una vida

por Ivanovich Torres < ivanovichtorres@yahoo.fr > | 26-01-2010

Escribir sobre la herencia de un intelectual fallecido puede ser fácil. Más aún si éste es reconocido, aunque también es cínico pues a los muertos, los vivos, los hacemos hablar, andar y hasta gritar en las páginas de información. Afortunadamente existen excepciones irrevocables, como la obra de un escritor que pasó su corta existencia explicando la rebeldía y su conciencia como una posibilidad en el mundo; es la vida de su obra del filósofo francés Albert Camus, muerto hace 50 años (a la edad de 46 años, un 4 de enero de 1960) en un accidente automovilístico.

En Francia hay ediciones especiales en periódicos, revistas, programas radiofónicos y telefilmes sobre Camus, premio Nobel de Literatura 1957; además de una serie de publicaciones de nuevos libros donde se hace referencia a la genialidad de Camus. Incluso, existe la proposición del presidente francés, Nicolás Sarkozy (a finales del 2009), para transportar los restos de Camus al Panteón (al lado de Víctor Hugo, Zola, Dumas, Voltaire, Rousseau y otras cenizas ilustres) en París, pero rápidamente esto volcó a símbolo de recuperación política de Sarkozy.

Camus en 2010

Su pluma solar, radiante y energética tanto en terrenos filosóficos como literarios. Camus acompaño a la joven generación que surgía aturdida de la segunda guerra mundial; en la primera década del siglo XXI esto continúa, como lo atesta Jeanyves Guérin, profesor de literatura francesa (Paris III-Sorbona), “Es uno de los escritores franceses más leído en el mundo hoy. Ciertos jóvenes iraníes, que afrontan actualmente la dictadura de los mollahs, han hecho de Camus su compañero de luchas, encontrando razones para batirse, en sus escritos”, explicó Guérin, autor del Diccionario Albert Camus (ediciones Michel Laffont, 2009).

“Cada generación, sin duda, se cree consagrada a rehacer el mundo. La mía sabe de antemano que no lo hará. Pero su papel es aún más grande. Este consiste a impedir que el mundo no se deshaga. Heredero de una historia corrompida donde se mezclan revoluciones caídas, la tecnología desquiciada, los dioses muertos y sus ideologías cansadas, donde poderes mediocres pueden hoy destruirnos, pero sin poder convencernos”, discurso que leyó Camus al recibir el Nobel de literatura.

Sus mensajes son aún de implacable actualidad. Citemos dos aspectos de hoy con sus escritos de hace más de 50 años: sobre el sistema neoliberal y la crisis financiera en el mundo (iniciada en 2008… que aún no termina) Camus señaló, “No hay justicia ni libertad posible cuando el dinero sigue siendo rey”. Sobre la política, por ejemplo, frente al régimen comunista-neoliberal de China (no es un oxímoron), el régimen Iraní, el golpe de estado en Honduras (2009), la deriva neo fascista en Italia (Liga del Norte y Berlusconi), elecciones fraudulentas en México, etc., Camus exhibió que “El estado puede ser legal, pero es legítimo solamente cuando, a la cabeza de las naciones, es el árbitro que garantiza la justicia y que ajusta el interés general a las libertades particulares”. Siguen inequívocos sus postulados.

La absurdidad del ser

La absurdidad del hombre, del mundo, una de las piedras angulares de la filosofía camusina donde se invita a la rebelión como método y cura contra nihilismo estériles de las ideas vacías; Camus, “Nosotros estamos decididos a suprimir la política para reemplazarla por la moral. Es lo que llamamos una revolución”. Esta teoría empieza en uno mismo, después interviene una “política modesta”, es decir, la puesta en marcha de ideas sinceras y reales contra la política industrial, derivada del régimen neoliberal en el mundo. Tomar el fundamento de la revuelta es, precisamente, asumir al hombre en su pasión (amor a la vida) y absurdidad como intento de mesura entre el espíritu que desea y el mundo que decepciona.

El rebelde es rechazado por la izquierda política por su indisciplina, y por la derecha por su ideal, “Yo me rebelo, entonces somos”, frase lapidaria que nos tiende la mano hacia una realidad: nuestra decisión de ser, contemplación y acción, de ahí escoger. Eso es lo que Camus nombró devenir un hombre, una mujer. Así como Dostoïevski, Franz Kafka, Eugène Ionesco, Samuel Beckett, entre otros más, Camus opta por la absurdidad (el arte de hablar y escribir directo en el corazón del hombre) como espejo fidedigno de la condición humana en tiempos incesantes de catástrofe social.

Fidelidad a los orígenes

“No soy filósofo, soy un artista”, decía Camus en una época donde el mundillo intelectual (derecha como izquierda) rechazaba al hombre que eligió un camino solitario entre los regimenes comunistas y capitalistas, revolucionarios como conservadores. La magia de su obra es sencilla: la pobreza. “Cuando somos pobres podemos y tenemos todo para descubrir”, dijo el originario de Mondovi (1913), Argelia (en ese tiempo colonia francesa). Hijo de un soldado muerto en la primera guerra mundial, criado por una madre analfabeta y pobre, Camus descubrió en la miseria colonial de Argelia, su voz y vida filosófica, misma que lo acompaño hasta su muerte accidental.

Fiel a sus amigos, al sol del mediterráneo (presente en casi toda su obra), a su madre, a las carcajadas bienhechoras de la vida, al teatro, al futbol (no al que es practicado hoy como un simple método financiero y no tanto deportivo); lealtad también a su institutor, Louis Germain —“Sin usted, sin esa mano afectuosa que me brindó cuando era un niño pobre, sin su enseñanza, y su ejemplo, nada de todo esto me abría llegado”, escribió Camus a su institutor—, quien lo estimuló en sus estudios; a Jean Grenier, su profesor de literatura que le ayudó a descubrir el universo de la filosofía.

“Cuando estoy entre intelectuales, me siento obligado a disculparme de algo”, decía Camus de sus censuradores como críticos, como respuesta hacia ellos, la elegancia del escritor, “Hay que tragar la grandeza que insulta”. La notoria e histórica diferencia entre Camus y Jean-Paul Sartre (filósofo francés 1905-1980) radica entre el donante de lecciones de moral (Sartre, hijo de burgueses, normalista, parisino…) y el que hizo de su vida una obra moral (Camus, hijo de pobres, leal a la pobreza, al pueblo); “Sartre fue un gran profesor de filosofía, pero un filósofo mediocre, mientras que Camus fue exactamente lo contrario: un filósofo, no un profesor donador de lecciones, un moralista, un malabarista de conceptos. Los verdaderos filósofos son aquellos quienes nos dan una lección no por su obra, sino por su vida”, formuló un heredero del pensamiento camusino, el filósofo francés, Michel Onfray.

Albert Camus se posicionó en su papel de escritor contra aquellos que “hacen la historia”, dando toda su energía “al servicio de quienes la siguen”. De la estética solar de su niñez y adolescencia, a la ética madura y rebelde en su generoso trabajo de artista. El arte de Camus está ahí, de sus libros un consejo: leerlos con placer y gula. De sus mensajes: alojarse en una calurosa práctica, donde es imperio nuestra íntima e humilde perspectiva personal. “Arte… y nada más que arte. Tenemos el arte para no morir de la verdad”, escribió Nietzsche, a quien Camus tomó la energía vital, solar, humana. Al lector de continuar esta herencia de fidelidad en sus sabias lecturas.

ivanovichtorres@yahoo.fr